RECETA PARA COCINAR UN ESQUELETO
Trabajamos para convertirnos en petróleo.
Estrellé el cielo
en el sumidero;
el rapaz de arcoíris
tensó su pico de marfil negro en mí:
devoró en su nido
los ojos que yo era
y dejó la carroña que soy.
Lenguas mordidas
sin derramar su aceite:
el veneno de no comer
tinta resistente.
Cuántos poetas valientes
se fueron sin dejar un verso.
La gravedad en mi lápiz
dibujó un nuevo ombligo,
sangrante, del que bebí.
Me enferman los elogios que no merezco:
vomito
lo que no tengo dentro.
Me recojo del suelo
con ternura industrial.
Voz, ven y pisotea este susurro,
perfora, contra el cielo,
mi rabia de acero,
pon al sol mis tripas;
pedir ayuda es romperse.
No recibir respuesta: la cura.
Vivir es hervir el agua
para quitarnos las plumas.
Vivir era serle infiel al poema.
Con cuencas de azabache,
libre del horror febril:
en los huesos
ya no temo a nadie.
El nervio se muere
pero queda el recuerdo:
el diésel de Dios.
Me hice mientras me cocinaba.
Trinché la médula de tantos.
Corté.
Mordí.
Un poeta es un esqueleto en una olla.
Lo sirvo. Frío.
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